En Harvard, la Presidenta no tiene quien la aplauda


Las cacerolas debían llegar a Harvard de la mano de un gobierno enraizado en el pueblo. No estaba escrito pero debía ser así. Cristina Fernández de Kirchner no fue a buscar esos aplausos que ya los recibieron las muchas dictaduras que hubo en América latina, los Menem, los Cavallo. 

Cristina es una desubicada, y una irreverente. Banca a Chávez en un país donde el presidente venezolano es un demonio en potencia; y dice con sutileza que apoyará a Barack Obama. El problema es que a Cristina no la quieren escuchar porque no les conviene. Las palabras de Cristina suenan mal en un país donde la burbuja inmobiliaria desenmascaró los peores males del “anarcocapitalismo”. Ella, dijo en la Universidad de Harvard, pagamos con reservas del Banco Central, porque si recurrimos al mercado financiero internacional, el costo del dinero sería mayor, es racionalidad económica. El gobierno argentino, quiere pagar el menor costo posible, y los mercaderes del dinero quieren la mayor rentabilidad posible. Es un conflicto de intereses. No puede cosechar aplausos de parte de personas que se forman con la literatura monetaria, esa que interpreta que la única seguridad jurídica válida es la libre circulación del dinero. El famoso flujo de capital que finalmente termina financiando todos los déficits de los estados unidos. También Cristina se desubica cuando les dice sin ponerse colorada que en el país de la suprema libertad, el empresario que tiene un diario no puede tener ni radios ni canales de televisión, y viceversa. En Argentina, eso es posible, aún con la nueva ley de medios. 

Cristina es una indignada que indigna. Para los neoliberales es una indignada que los indigna. De ella tienen que escuchar cosas como este gobierno está pagando todas las deudas que asumieron aquellos gobiernos muy alabados. De ella tienen que escuchar que siendo una heterodoxa logró superávit fiscal y superávit de la balanza de pagos por muchos años. Domingo Felipe Cavallo, doctorado en la Universidad de Harvard en 1.977, desembarcó al gobierno de radicales y frepasista, con la promesa de lograr el “déficit cero” porque el déficit se originaba en la ineficiencia del Estado. Pero más indignante es que siendo una heterodoxa haya alcanzado el superávit fiscal, y a la vez haya logrado el desendeudamiento, incremento de las reservas del Banco Central, importantes inversiones en obras publicas, reconocimiento de los derechos jubilatorios a las trabajadoras amas de casas, a peones rurales que nunca fueron registrados por sus patrones, y a otros tantos excluidos, incremento del presupuesto educativo, logró que se abran industrias y universidades publicas, y la asignación universal por hijo. Y encima se da el gusto de poner a unos pibes en puestos claves del gobierno. La presidenta no fue a buscar aplausos ni elogios, fue a contarles que es posible otro camino (porque como dijo el premio Nobel Paul Krugman: La crisis argentina del 2001, “ofreció una demostración dolorosamente clara de cómo las políticas económicas ampliamente alabadas pueden llevar al desastre de una Nación”)

Es cierto que el medio opositor puso acento en que la presidenta estuvo nerviosa, incomoda, altanera, soberbia, enojada, autoritaria frente a los alumnos de Harvard que preguntaban como si fueran periodistas (salvo contadas excepciones). 

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